Lo que hoy se conoce como el tradicional barrio Alberdi fue, siglos atrás, una zona clave para el desarrollo de la ciudad de Córdoba. Allí se encontraba La Toma, una comunidad originaria comechingona que, con su conocimiento del territorio, construyó un sistema de riego que permitió el cultivo en las quintas de los primeros colonos españoles.

El nombre “La Toma” surgió precisamente de ese aprovechamiento del río Suquía. Desde sus márgenes, los originarios llevaban agua hasta las huertas del naciente centro urbano. Sin embargo, mientras la ciudad crecía, los habitantes originarios eran marginados y despojados de sus tierras.

“Los perros de los aristócratas tenían mejor suerte que nuestros ancestros”, dice Miriam Acevedo, descendiente de una de las familias originarias que aún vive en Alberdi.

Además del agua, los habitantes de La Toma también fueron mano de obra fundamental en los cortaderos de ladrillo, proveyendo los materiales que cimentaron el casco histórico de la ciudad.

Uno de los hechos menos conocidos, pero de gran carga simbólica, es que un cacique de la comunidad donó los terrenos para la construcción del Cementerio San Jerónimo, uno de los más antiguos de la capital cordobesa.

Paradójicamente, en 1910 el Consejo Deliberante decidió bautizar al barrio como Alberdi, en honor a Juan Bautista Alberdi, uno de los ideólogos que promovía la civilización europea y justificaba el desplazamiento de pueblos originarios para urbanizar el país.

Tras más de un siglo de silencio, en 2008, siete familias descendientes de La Toma volvieron a nombrar curacas —líderes tradicionales—, reviviendo una figura que no se había designado desde 1901, cuando murió el último cacique reconocido, Lino Acevedo.

Hoy, entre el olvido y la resistencia, los curacas de Alberdi luchan por el reconocimiento de su historia. “Nos arrebataron la tierra, la lengua y la cultura. Pero seguimos vivos”, concluye Acevedo.

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