
Durante casi dos siglos, la isla Floreana, en las Galápagos, estuvo sin una de sus especies más emblemáticas. Las tortugas gigantes que alguna vez fueron miles desaparecieron en el siglo XIX, víctimas principalmente de la caza de piratas y balleneros.
Pero la historia tuvo un giro extraordinario.
En el año 2000, científicos encontraron en el volcán Wolf, en la isla Isabela, ejemplares con características genéticas vinculadas a las desaparecidas tortugas de Floreana. El hallazgo abrió una posibilidad que parecía imposible: recuperar una especie que se creía perdida para siempre.
A partir de entonces comenzó un ambicioso programa de conservación. Especialistas del Parque Nacional Galápagos, Galápagos Conservancy y otras organizaciones trabajaron durante años en la reproducción y crianza de estos animales.
El resultado llegó el 21 de febrero de 2026: 158 tortugas fueron liberadas en Floreana, devolviendo a la isla descendientes del linaje que había desaparecido hacía unos 180 años. Algunas llevan dispositivos de rastreo para que los científicos puedan estudiar cómo se adaptan al ambiente y cómo contribuyen a recuperar el ecosistema.
Las tortugas gigantes son mucho más que animales longevos. Son consideradas “ingenieras del ecosistema”: dispersan semillas, modifican la vegetación y abren espacios que luego son aprovechados por otras especies.
La recuperación de Floreana es también parte de una historia mucho mayor. Galápagos, un archipiélago volcánico ubicado a unos 1.000 kilómetros de la costa de Ecuador, alberga una biodiversidad extraordinaria y numerosas especies endémicas.
Fue allí donde Charles Darwin encontró en 1835 evidencias que contribuyeron a desarrollar su teoría de la evolución.
El 8 de septiembre de 1978, la UNESCO declaró a Galápagos Patrimonio Natural de la Humanidad. Casi cinco décadas después, el archipiélago vuelve a demostrar que, con ciencia, conservación y paciencia, una especie que parecía perdida puede tener una segunda oportunidad.
