
A menos de una semana del inicio del cónclave que elegirá al sucesor del Papa Francisco, fallecido el pasado 21 de abril, el cardenal Pietro Parolin, actual secretario de Estado vaticano, se perfila como el principal candidato a liderar la Iglesia Católica. Con 70 años y una destacada carrera diplomática, Parolin llega al cónclave con una posición privilegiada, pero también con obstáculos significativos que podrían complicar su ascenso al trono de Pedro.
Designado por Francisco como su número dos en 2013, Parolin ha sido una figura central en la diplomacia vaticana, participando en delicadas negociaciones internacionales, como el histórico acuerdo con China sobre el nombramiento de obispos. Su estilo sobrio y conciliador ha sido valorado por muchos como una posible garantía de estabilidad tras un pontificado marcado por cambios profundos y tensiones internas.
Sin embargo, su candidatura también genera resistencias. A pesar de su cercanía inicial con el papa argentino, diversas fuentes vaticanas afirman que la relación entre ambos se enfrió en los últimos años. De hecho, en los meses previos a su muerte, Francisco evitó asignarle roles clave durante eventos importantes, como la pasada Semana Santa o las decisiones sobre la organización del propio cónclave.
“Francisco confiaba más en el sustituto de Parolin, el venezolano Edgar Peña Parra, que en él”, señaló a La Nación un obispo italiano, bajo condición de anonimato. “Si es elegido, existe el temor de que revierta las reformas más importantes del pontífice, especialmente en materia económica y de descentralización”.
El cónclave que comenzará el miércoles 7 de mayo será el más internacional de la historia, con 133 cardenales electores de 71 países. Se necesitarán 89 votos (dos tercios) para consagrar al próximo papa. Aunque Italia sigue siendo el país con más electores (17), la diversidad geográfica y cultural del colegio cardenalicio hace que los cálculos tradicionales sean menos predecibles.
Parolin, a pesar de sus credenciales, deberá enfrentar no solo la fragmentación del bloque italiano, sino también la competencia de otros papables con perfiles pastorales o reformistas, como el cardenal Matteo Zuppi, de la Comunidad de San Egidio, o el patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, apoyado por sectores conservadores.
La historia reciente recuerda que los favoritos en la previa no siempre resultan electos. En 2013, el cardenal Angelo Scola entró al cónclave como gran candidato y salió sin ser elegido, mientras un entonces poco conocido Jorge Mario Bergoglio sorprendía al mundo bajo el nombre de Francisco.
El futuro de la Iglesia, en un contexto global convulsionado y con desafíos internos aún abiertos, está en juego. Y aunque muchos miran a Parolin como la opción natural, el Espíritu Santo, y los equilibrios de poder, aún tienen la última palabra.
