
Abel Pintos cumplía 25 años de su estreno en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín y no sólo que se emocionó él, sino que contagió su sentimiento a flor de piel en todos los presentes. Es un ser que tiene una luz especial y genera un clima de sensaciones que hay que estar para sentirlas.
El cantante, que reconoce haber tomado otro camino dentro del folklore, no hacia el lado tradicional sino el de fusión con nuevos sonidos y ritmos, agradeció poder estar en este espacio tan importante en defensa de la tradición que año tras año sigue siendo multitudinario. Una localidad como Cosquín que durante nueve lunas el mundo del canto y las danzas tradicionales se centran allí, que trasciende lo que es la Plaza Próspera Molina para desandar en un mundillo donde los músicos tocan sus instrumentos en la avenida San Martin y la gente se conglomera para disfrutar de los distintos espectáculos.
De más está decir que el resto del año continúan diferentes eventos ligados al folklore, por algo es capital nacional de la expresión cultural patria.
Pero la noche no sólo fue de Abel, también lo fue del maestro/genio de Néstor Garnica que toca el violin como pocos mortales pueden hacerlo, encima tuvo visitas de lujo. Flor Paz, hija de Onofre, cantó lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y sus creaciones.
Cosquín finalizó en luna creciente, como lo es el folklore que no se está extinguiendo, que está más vivo que nunca, con nuevas voces con corrientes tradicionales y las otras con fusiones pero respetando los tiempos rítmico de nuestra expresión cultural.
