Hay noches que no terminan cuando el árbitro marca el final. Hay noches que quedan para siempre. Y la de este 6 de octubre será, para millones de argentinos, una de ellas.

Lionel Messi jugó por última vez con la camiseta de la Selección Argentina en el Monumental. Y como si el destino hubiera escrito el guion, se despidió como tantas veces hizo durante más de dos décadas: dejando una huella imborrable.

Argentina venció 3-0 a Benín y el capitán tuvo una noche a la altura de su historia. Participó en los tres goles: asistió a Nicolás Otamendi para el 1-0, volvió a ser decisivo en el segundo con una asistencia para Nico Paz y convirtió de penal el tercero. Fue su gol número 126 con la Albiceleste.

Pero el resultado fue apenas una parte de la historia.

Desde su ingreso al campo, acompañado por sus hijos Thiago, Mateo y Ciro, el Monumental entendió que estaba frente a un momento irrepetible. Las lágrimas aparecieron durante el himno. Las tribunas cantaron su nombre.

Después del partido llegó el momento más difícil. Messi tomó el micrófono y habló con el corazón. Recordó a su padre, a sus compañeros, las derrotas, las críticas y todos aquellos años en los que el sueño de ser campeón parecía cada vez más lejano.

“Es el día más triste de mi carrera”, expresó.

El mismo hombre que levantó la Copa del Mundo en Qatar, que conquistó dos Copas América, una Finalissima, un Mundial Sub 20 y una medalla de oro olímpica, ahora cerró su historia con la camiseta que defendió desde aquel debut en 2005.

Se va como el futbolista con más partidos y más goles en la historia de la Selección. Pero sus estadísticas jamás podrán explicar completamente lo que significó Messi para Argentina.

Porque Messi no fue solamente un jugador. Fue una parte de nuestras vidas.

Nos hizo llorar, gritar, sufrir, creer y finalmente cumplir el sueño que durante generaciones parecía imposible.

El 10 se despide de la Selección.

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