
Cada 30 de septiembre, Córdoba capital detiene por un momento su ritmo habitual para recordar a San Jerónimo, patrono de la ciudad. Pero detrás del asueto y de la fecha religiosa existe una historia que se remonta a los primeros días de la fundación de La Docta.
San Jerónimo nació alrededor del año 342 en Estridón, un antiguo poblado de Dalmacia, territorio que hoy se ubica entre Croacia y Eslovenia. Fue uno de los grandes estudiosos de las Sagradas Escrituras y dedicó buena parte de su vida al estudio y la traducción de textos religiosos.
Su obra más conocida fue la traducción de la Biblia al latín a partir de los textos hebreos y griegos. Esta versión pasó a la historia como la “Vulgata”, una palabra que significa “para el pueblo”, y durante siglos tuvo una enorme influencia en el mundo cristiano.
San Jerónimo murió el 30 de septiembre del año 420 en Belén. Por eso, la Iglesia Católica conmemora su festividad en esta fecha. También es considerado patrono de los traductores, precisamente por su trabajo con las Escrituras.
¿Y qué tiene que ver con Córdoba?
La respuesta está en Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de la ciudad. En 1573, al momento de establecer Córdoba, Cabrera eligió a San Jerónimo como patrono, probablemente por compartir su nombre con el santo. Desde entonces, el 30 de septiembre quedó ligado a la identidad histórica y religiosa de la capital cordobesa.
La presencia del santo todavía puede encontrarse en distintos espacios de la ciudad. En la Catedral de Córdoba se conserva un lienzo de San Jerónimo, mientras que el Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda guarda una importante talla de madera atribuida al escultor filipino Esteban Sampzon, con intervenciones de Antonio Font.
Así, cada 30 de septiembre Córdoba no solo recuerda a un santo del siglo IV: también revive una tradición que nació junto con la propia ciudad y que permanece vigente más de cuatro siglos después.
