Mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles, el actual paraje de Los Aromos, en el corazón del valle de Paravachasca, era hogar de los pueblos originarios hênîa y kâmîare, comúnmente conocidos como comechingones. Rodeados de vegetación densa, los antiguos habitantes dejaron rastros indelebles de su cultura en las rocas y riberas del río Anisacate.

El nombre de la región, Paravachasca, proviene de una voz indígena que significa “lugar de vegetación enmarañada”, lo que da cuenta del profundo vínculo entre los pueblos originarios y su entorno natural. A su vez, el nombre Anisacate, que designa al río que nace en el Parque Nacional Quebrada del Condorito, también tiene raíces indígenas y se traduce como “pueblo del cielo”.

Uno de los testimonios más elocuentes de esta presencia ancestral son los morteros tallados en piedra, utilizados para moler alimentos como maíz, algarroba o mistol. “Estos orificios eran herramientas esenciales para la alimentación y se ubicaban cerca de los cursos de agua”, explicó el historiador y arqueólogo Alfonso Uribe.

No obstante, algunos de estos huecos en las rocas no eran morteros, sino marcas de recorrido usadas por los nativos para orientarse entre las piedras. “Estos orificios más pequeños y menos profundos señalaban caminos y puntos de referencia en el espacio geográfico”, señaló Uribe.

El origen del nombre “Comechingones” aún genera debate. Una teoría indica que pueblos provenientes de la actual Santiago del Estero los llamaban Kaminchingon, que significaría “serranía con muchos pueblos”. Otra versión sostiene que el término surgió del grito de guerra “kom-chingôn”, que impactó a los españoles.

Hoy, la ribera del Anisacate no solo ofrece un paisaje natural privilegiado, sino que también guarda testimonios silenciosos de una cultura milenaria que habitó estas tierras mucho antes de la colonización.

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