
Los emblemáticos plátanos de la Avenida San Martín, un símbolo de la localidad, están celebrando 110 años de existencia. Con sus imponentes 2.450 ejemplares, estos árboles han formado un túnel verde que recorre 13 kilómetros de la ciudad, transformándose en un verdadero ícono de la región.
La historia de estos plátanos comenzó en 1913, cuando el entonces intendente Gabriel Céspedes impulsó su plantación para embellecer la avenida que conecta Colonia Caroya con Jesús María. Aunque al principio hubo resistencia por parte de los pobladores, quienes temían que los árboles desviaran el agua destinada a sus cultivos, el paso del tiempo demostró que la iniciativa no solo embelleció el paisaje, sino que también se convirtió en un símbolo de identidad para los habitantes de la localidad.
A lo largo de más de un siglo, los plátanos se han cuidado y mantenido con gran dedicación. Hoy, cada árbol tiene un seguimiento individualizado, y cuando alguno se muere, es reemplazado por uno joven. Incluso en épocas de calor extremo, se organizan patrullas para regarlos, garantizando su salud y vitalidad.
La particularidad de estos plátanos radica en su tamaño. Debido a su poda especial, similar a la de los frutales, los plátanos de Colonia Caroya pueden superar los 40 metros de altura, mucho más que los de otras partes del país. Este singular crecimiento ha generado un paisaje único, que atrae tanto a turistas como a residentes.
Además de su valor ambiental, los plátanos tienen un fuerte componente cultural. En sus primeras etapas, la plantación fue vista como un vínculo simbólico entre los pueblos de Colonia Caroya y Jesús María, reforzando la idea de unidad que surgió a raíz de la inmigración europea, en especial de los italianos del Friuli-Venecia-Julia. Fue incluso el vínculo con Canadá lo que motivó la elección de este árbol, como símbolo de la conexión entre ambos países.
Para los vecinos, estos árboles representan mucho más que una simple plantación. «La avenida ancha, como le decimos aquí, es el corazón de Colonia Caroya», afirma Oscar D’Olivo, vecino histórico de la ciudad. «Sin estos plátanos, nuestra ciudad no sería la misma».
A lo largo de las estaciones, los plátanos cambian de color, creando un paisaje que varía con el paso del tiempo, pero siempre manteniendo su majestuosidad. En verano, la avenida se convierte en un refugio de frescor y sombra, un microclima que ofrece alivio a los habitantes y visitantes.
Hoy, 110 años después de su primera plantación, los plátanos de Colonia Caroya siguen siendo el alma de la ciudad, un símbolo de la identidad, historia y tradición que perdura a lo largo de las generaciones.
