
A un año de su partida, el recuerdo sigue latiendo. No como una foto quieta, sino como una voz que todavía resuena en lo cotidiano. El 21 de abril se volvió fecha, pero también espejo: ¿qué quedó de aquel hombre que hablaba simple en un mundo complicado?
Se lo extraña en los gestos mínimos. En la llamada inesperada, en la pregunta desarmante, en esa forma tan suya de acortar distancias. Porque su legado no se mide solo en documentos o decisiones históricas, sino en algo más difícil de cuantificar: la cercanía. Esa manera de hacer sentir a cada persona importante, escuchada, parte.
En este año, el mundo siguió girando —y no necesariamente para mejor—. Conflictos, tensiones, incertidumbre. Y en medio de ese ruido, su ausencia se vuelve más evidente. No porque haya dejado un vacío imposible de llenar, sino porque su presencia funcionaba como una especie de pausa, una invitación a mirar distinto.
También cambió la mirada. En Argentina, sobre todo, el paso del tiempo trajo otra perspectiva. Menos discusión, más reconocimiento. Como si la distancia ayudara a entender la dimensión real de alguien que, mientras caminaba entre nosotros, parecía “uno más”, pero hablaba para todos.
Hoy hay misas, homenajes, peregrinaciones. Flores, Roma, recuerdos compartidos. Pero más allá de los rituales, lo que permanece es una pregunta abierta: qué hacemos con lo que nos dejó. Porque su mensaje nunca fue cómodo ni decorativo. Fue, más bien, un llamado constante a involucrarse, a no mirar para otro lado, a comprometerse desde lo pequeño.
Tal vez por eso su figura sigue tan presente. Porque no se trataba solo de lo que decía, sino de cómo vivía. Y porque, en tiempos de distancia, supo construir cercanía.
Un año después, no es solo memoria. Es desafío.
