
Hoy, 20 de febrero, Río de Janeiro todavía late al ritmo de la samba. El Carnaval de Río de Janeiro vive sus últimos días oficiales, pero en las calles la fiesta se resiste a terminar.
Desde temprano, los blocos volvieron a llenar barrios como Flamengo y Copacabana. Entre plumas, glitter y tambores, se mezclan acentos de todas partes del mundo. Hay europeos que cantan marchinhas en portugués improvisado, estadounidenses que se animan a bailar aunque no sigan el paso, y latinoamericanos que sienten que esta fiesta también es suya.
Según la Embratur, unos 300.000 turistas extranjeros visitaron Río esta temporada, un 12% más que el año pasado. Muchos describen la experiencia como “única” y “abrumadora”. Otros, simplemente, dicen estar “extasiados”.
En el imponente Sambódromo Marquês de Sapucaí, las escuelas de samba deslumbraron con carrozas monumentales y coreografías milimétricas. Pero el alma del carnaval también está en la calle: en el vendedor ambulante que no deja de sonreír, en el grupo de amigos que improvisa una batucada, en la pareja de jubilados que baila bajo el sol sin importar el calor.
El carnaval carioca no es solo un espectáculo: es una energía compartida. Es música que vibra en el pecho, es abrazo colectivo, es identidad brasileña abierta al mundo.
Río despide oficialmente la fiesta este fin de semana, pero nadie duda de que la ciudad seguirá celebrando un poco más. Porque aquí, cuando suenan los tambores, el corazón no entiende de calendarios.
