
Mientras Córdoba se enorgullece de su centro histórico, con joyas arquitectónicas como la Manzana Jesuítica —declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000—, sigue sin reconocer de manera oficial y visible el papel fundamental que tuvo la población afrodescendiente esclavizada en la construcción de ese legado material.
El 27 de abril de 1588 se registra la venta de Pedro y Yomar, dos personas traídas desde Angola. Este documento es la evidencia más antigua de la presencia afro en Córdoba, marcando el inicio de un largo proceso de tráfico, esclavización y explotación que se intensificó especialmente bajo la administración de la Compañía de Jesús.
Durante los siglos XVII y XVIII, Córdoba fue uno de los principales núcleos del sistema esclavista en el actual territorio argentino. En 1767, tras la expulsión de los jesuitas por orden de la Corona española, se contabilizaron cerca de 2.000 personas esclavizadas en las haciendas de la orden. Lejos de obtener su libertad, fueron vendidas —muchas separadas de sus familias— por la Junta Municipal de Temporalidades, que priorizó la venta de mano de obra antes incluso que las tierras.
Los esclavos desempeñaban múltiples roles: trabajaban la tierra, construían edificaciones, elaboraban productos en talleres textiles, herrerías y carpinterías, y también ejercían oficios especializados como sastres, músicos, herreros y capataces. Algunos sabían leer, escribir y tocar instrumentos, lo que los hacía aún más valiosos en el mercado esclavista. Pese a ello, vivían en condiciones de extrema precariedad, en “rancherías deterioradas”, con mínimas raciones y escasa dignidad.
Las principales estancias jesuíticas —Alta Gracia, Santa Catalina, Jesús María, Caroya, San Ignacio y La Candelaria— se sostenían gracias al trabajo forzado de esta población africana y afrodescendiente. Tras la expulsión, el proceso de remate de esclavos alcanzó su punto más crudo en 1772, con ventas masivas, sobre todo de jóvenes y niños.
A pesar de su rol crucial en el desarrollo económico, social y cultural de la ciudad, la historia afrocordobesa sigue siendo invisibilizada. Los espacios donde se realizaron ventas de esclavos, como la actual Plaza San Martín, permanecen sin señalética ni memoria activa sobre estos hechos.
Organizaciones sociales, investigadores e historiadores insisten en la necesidad de recuperar y visibilizar la historia de la negritud cordobesa, exigiendo reconocimiento institucional, educativo y cultural de una herencia que ha sido negada durante siglos.
“Somos la negritud que se nos negó. Somos las manos que construyeron, anónimas y esclavizadas, cada partecita del centro histórico de la ciudad”, señalan voces del movimiento afrocordobés.
La deuda histórica con la población afrodescendiente no solo es material, sino también simbólica. Reescribir la historia de Córdoba implica reconocer que, detrás de cada ladrillo del patrimonio colonial, hubo manos esclavizadas que aún esperan justicia y memoria.
