
Este viernes se cumplen 21 años de uno de los momentos más icónicos del deporte argentino. Fue un 15 de agosto de 2004, cuando Emanuel Ginóbili, con una jugada que desafió el tiempo y el espacio, le dio el triunfo a la Selección Argentina de básquet ante Serbia y Montenegro con una canasta sobre la chicharra conocida para siempre como «La Palomita».
Aquel partido marcó el debut de la Selección en los Juegos Olímpicos de Atenas, una cita que terminaría con la histórica medalla dorada para el equipo dirigido por Rubén Magnano. Pero ese primer encuentro, cargado de tensión y emociones, dejó una postal que se volvió eterna.
Argentina dominaba con autoridad en el arranque, pero Serbia reaccionó y llegó al cierre del juego con ventaja. Con apenas segundos en el reloj y el marcador 82-81 a favor de los europeos, Ginóbili se convirtió en héroe absoluto. Recibió el pase desde el lateral, penetró en medio de la defensa, se lanzó al aire en un movimiento desequilibrado y, en plena caída, soltó el balón. La pelota golpeó el tablero y entró limpiamente.
Argentina ganaba 83-82. La historia estaba escrita.
El festejo fue instantáneo: un estallido de emoción en Atenas y una celebración que recorrió el mundo. La imagen de Ginóbili en el suelo, rodeado por sus compañeros, se transformó en símbolo de garra, talento y pasión.
Esa jugada, que se conoció como “La Palomita”, no solo definió un partido: encendió el fuego de una campaña gloriosa que días más tarde consagraría a Argentina campeona olímpica tras vencer a Grecia, Estados Unidos y Italia en fila.
“Manu está por sobre todo. Yo creo que es el mejor deportista argentino de la historia… lo que pasa es que hay uno que jugaba de 10 que le pisa los talones, ja”,
recordaría años después Diego Maradona, en uno de los tantos homenajes al bahiense.
Con el tiempo, aquella acción quedó a la altura de las grandes gestas del deporte argentino: como el gol de Diego a los ingleses, el título mundial de Messi en Qatar, o la hazaña de Del Potro ante Federer en el US Open.
Hoy, 21 años después, «La Palomita» no es solo una jugada: es un símbolo. Una demostración de carácter, de amor por la camiseta, y del talento de un jugador irrepetible que supo liderar a una generación dorada hasta lo más alto.
