
En las profundidades heladas del Atlántico Norte habita el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), el vertebrado más longevo conocido. Puede superar los 300 años y, en algunos casos, acercarse a los 400, un récord que lo convierte en objeto de estudio clave para entender los límites de la vida.
Durante décadas, su edad fue un misterio. Pero en 2016, un estudio publicado en Science logró estimarla mediante datación por radiocarbono en el tejido ocular, que no se regenera. El resultado sorprendió: uno de los ejemplares analizados habría nacido alrededor de 1627, con una edad cercana a los 399 años.
Su longevidad extrema se explica por una combinación única de factores. Crece apenas un centímetro por año, se mueve a velocidades muy bajas y no alcanza la madurez sexual hasta después de los 100 años. Su metabolismo, adaptado a temperaturas cercanas al congelamiento, reduce el desgaste celular.
A esto se suma un hallazgo reciente: la secuenciación de su genoma. Los científicos detectaron múltiples copias de genes relacionados con la reparación del ADN, así como variantes del gen TP53, fundamental para prevenir tumores. También observaron adaptaciones en la vía NF-κB, clave en la regulación de la inflamación, uno de los procesos asociados al envejecimiento.
Estas características convierten al tiburón de Groenlandia en un modelo natural para estudiar cómo prevenir enfermedades y prolongar la vida saludable. Sin embargo, los expertos advierten que no se trata de buscar una “inmortalidad humana”, sino de entender mejor los procesos biológicos.
A pesar de su resistencia, la especie enfrenta amenazas crecientes como la pesca incidental, la contaminación y el cambio climático, que alteran su frágil ecosistema.
Silencioso y casi invisible, este gigante de las profundidades no solo ha sobrevivido siglos de historia humana: hoy podría ayudar a redefinir el futuro de la medicina.
