Lucía Libertaria se presenta como una influencer de Buenos Aires que opina sobre política y actualidad. Sin embargo, su rostro y su voz fueron creados íntegramente con inteligencia artificial. Su apariencia es tan realista que puede pasar fácilmente por una persona de carne y hueso.

El fenómeno no termina en Argentina. En Estados Unidos, Jessica Foster, un avatar digital de estética hiperrealista y discurso pro-Trump, logró reunir una enorme comunidad en redes sociales y aparece en imágenes ficticias junto a figuras políticas y celebridades.

Los influencers virtuales ya dejaron de ser una curiosidad tecnológica. Personajes como Lil Miquela abrieron el camino y demostraron que una identidad digital puede conseguir seguidores, trabajar con grandes marcas e incluso influir en las decisiones y opiniones de millones de personas.

Pero el crecimiento de estos avatares también abre un debate: ¿qué ocurre cuando una identidad artificial participa en conversaciones políticas, promociona productos o genera confianza sin que todos sepan que detrás no hay una persona real?

La inteligencia artificial ya puede crear rostros, voces y videos cada vez más difíciles de distinguir de la realidad. Los pequeños errores en los labios, la mirada o los movimientos pueden ser pistas, aunque la tecnología avanza rápidamente.

En la era de los deepfakes, el desafío ya no es solo tecnológico: también es aprender a mirar con más atención. Porque detrás de la próxima influencer que aparezca en tu pantalla podría no haber una persona… sino un algoritmo.

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