
La lluvia cayó sobre Villa Domínico cuando las puertas del Microestadio Gatica finalmente se cerraron. Afuera, todavía quedaban miles de personas que habían pasado horas esperando para darle el último adiós a Carlos «El Indio» Solari. Adentro, entre aplausos, lágrimas, flores, banderas y camisetas, se vivió una despedida tan singular como el artista que marcó a generaciones enteras.
Durante horas, una marea humana avanzó lentamente para acercarse al féretro del líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Jóvenes, adultos, familias completas y fanáticos llegados desde distintos puntos del país compartieron el mismo sentimiento: agradecerle por una obra que trascendió la música y se convirtió en parte de la identidad cultural argentina.
La familia acompañó el velatorio con mensajes cargados de emoción. Hablaron de una despedida atravesada por el dolor, pero también por el agradecimiento. Y dejaron una imagen que conmovió a todos: contaron que el Indio dejó encendidos su equipo Marshall y el sistema donde escuchaba las canciones en las que trabajaba. Como si hubiera querido recordar que, aun cuando él ya no estuviera, la música debía seguir sonando.
El fenómeno excedió cualquier cálculo. Las filas llegaron a extenderse por decenas de cuadras y la convocatoria quedó entre las más multitudinarias de la historia argentina para despedir a una figura de la cultura popular.
Se fue el hombre. Quedan las canciones, los rituales, las banderas y una comunidad que volvió a encontrarse para decirle gracias.
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