
La tensión entre Pakistán y Afganistán escaló en las últimas semanas hasta lo que autoridades pakistaníes ya describen como una “guerra abierta”. Bombardeos, ataques transfronterizos y enfrentamientos en puestos fronterizos dejaron más de 200 muertos y más de 100.000 desplazados, según reportes de organismos internacionales.
El detonante inmediato fue una serie de atentados en territorio pakistaní que Islamabad atribuye al Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), un grupo insurgente aliado ideológicamente con los talibanes afganos. Pakistán sostiene que estos combatientes operan desde Afganistán, algo que el gobierno talibán niega.
La respuesta pakistaní incluyó ataques aéreos en varias zonas de Afganistán, incluso cerca de Kabul y Kandahar, ciudades clave para el régimen talibán. Kabul calificó los bombardeos como una violación de su soberanía y respondió con incursiones y disparos de artillería en la frontera.
Detrás del conflicto actual existe una disputa histórica: la Línea Durand, una frontera de unos 2.600 kilómetros trazada en 1893 por el Imperio Británico para separar Afganistán de la India colonial. Tras la independencia de la región en 1947, la línea quedó como límite entre Afganistán y Pakistán.
Sin embargo, Afganistán nunca reconoció oficialmente esta frontera. El principal motivo es que divide territorios habitados por el mismo grupo étnico: los pastunes. Millones viven a ambos lados de la frontera, lo que facilita el movimiento de militantes y alimenta tensiones políticas y territoriales.
A esto se suma la presencia de otros actores armados, como el Estado Islámico – Provincia de Jorasán (ISIS-K), que también opera en la región y ha atacado tanto a fuerzas talibanas como a objetivos en Pakistán.
En el plano militar existe una clara asimetría: Pakistán cuenta con más de 600.000 soldados, cientos de aviones de combate y armas nucleares, mientras que el gobierno talibán posee una fuerza mucho más limitada. Aun así, el riesgo principal es que el conflicto se prolongue mediante guerrillas y ataques fronterizos.
La escalada preocupa a potencias regionales como China e Irán, que pidieron un alto el fuego inmediato para evitar que la crisis se expanda en una región ya marcada por múltiples conflictos.
